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  • fiorella kollmann

Cusco, siempre.

Enero, 2020.

La experiencia de Cusco es digna de escribirse. Mi conexión empieza en el 2007 y desde hace cinco años mis visitas se han vuelto cada vez más extensas y contínuas. Aún así, esto no solamente es sobre ir y dar clases de clown sino acerca de un fenómeno que se generó gracias a personas honestamente interesadas en el arte escénico del clown. Los alumnos cuzqueños son apasionados y tienen mucho fuego. Si puedo encontrar diferencias entre Lima y Cusco puedo decir que en la ciudad imperial hay más actores que quieren explorar el clown conmigo.


En la energética ciudad del Cusco el clown se impone con caracter y fuerza, las personalidades son recias y potentes, por ende sus personajes resultan ser controversiales y contundentes. Nada más placentero para un profesor. Ver como sus alumnos salen de la "caja" y arriesgan con todo lo que tienen y lo que no. Son muchas historias pero la que quiero plasmar en esta bitacora atemporal es cuando se realizó mi primera muestra en Cusco. Usamos las máscaras de los maqtas y las narices clásicas del circo. Mezclamos todo y nos divertimos mucho. También escarbamos en las personalidades más retorcidas desde el ridículo.


Hubo charango, títeres, guitarra, baile y canto. Lo dieron todo y acompañarlos en ese proceso fue un honor. Cusco para mi es de esos sueños que se cumplen. Hoy Enero del 2020 estoy aquí otra vez, mis alumnos ahora son mis amigos, mis consejeros, los que me dan ideas para seguir creando y seguir expandiendo lo bello y sanador de la comedia. Todo se "resetea" aquí. Cada vez que camino por estas calles mojadas por la lluvia camino a mi clase pienso en lo agradecida que estoy y lo mucho que amo el Cusco, a sus payasos y a su chicharrón.


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